Card. Eduardo Pironio: Una santidad de encarnación

MADRID, España.  
El 5 de febrero se cumplen 20 años de la muerte del Cardenal Eduardo Pironio. A modo de homenaje y de mensaje, en el camino de preparación de la Asamblea de todas las Asociaciones de la Institución Teresiana, publicamos unas reflexiones suyas hechas en Roma, el 24 de mayo de 1991, en las que recuerda la firma del Decreto de aprobación de los actuales Estatutos de la Institución y medita sobre el Camino de Emáus.

Aquel 21 de noviembre

E-PironioLa lectura y firma del Decreto [de los Estatutos de la Institución Teresiana de 1990] en nombre del santo Padre, para mi significó una etapa particular de un largo camino. Un camino que personalmente iba haciendo con la Institución desde muchos años atrás, cuando estaba al frente de la Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares. Por consiguiente, la Institución Teresiana (I.T.), diríamos, estaba conectada con el santo Padre a través de esa Congregación donde yo tenía que acompañar la búsqueda en la esperanza, en la serenidad, en el sufrimiento, en la oración.

Ha sido un camino hecho realmente en Iglesia, en comunión profunda pa­ra ver qué es lo que el Señor quería. Un camino que se siguió haciendo después, cuando estaba ya como presidente del Consejo Pontificio para los Lai­cos.

Se manifestó muy clara la voluntad de Dios y cómo había que volver a la raíz misma, a la fuente de lo que quiso el fundador, el Padre Poveda. Así surgió la redacción de ese Decreto que no es uno más en la historia de los Decretos que he firmado, tanto en la Congregación para los Religiosos como los que estoy firmando ahora para las Asociaciones de Laicos. Es un Decreto hecho ciertamente con la inteligencia pero, sobre todo, hecho con el corazón, con mucho amor a la Institución; con el mismo amor exigente del cual os hablaba esta mañana en la homilía; con el mismo amor exigente con el cual a ustedes las ha marcado el Señor.

Para mí, aquel 21 de noviembre, fiesta de la Presentación de Nuestra Señora, conmemoración de la promulgación de la Lumen Gentium - documen­to central sobre la Iglesia -, y también de la proclamación de Maria, Madre de la Iglesia, fue muy significativo. A mí me marcó mucho y me marcó con la alianza que tengo con la Institución. Es una alianza que es verdaderamente de amor, de fidelidad y de servicio. Todo lo que yo pueda seguir haciendo en los años que el Señor me conceda de vida, lo seguiré haciendo con un cariño entrañable, porque lo siento así.

Ese Decreto - repito - no fue escrito sino que fue rezado. Quiero que lo tomen así y que lo vivan así. Que sientan la realidad y la verdad de la coherencia de todo lo que precede. Que sientan también el augurio final y el deseo de que realmente nuestra amadísima Institución Teresiana esté marcada por un impulso muy grande hacia la santidad. Una santidad de encarnación, una santidad de presencia, una santidad de trans­formación.

Santidad de Encarnación

Ustedes son esencialmente laicas [dialoga con un grupo de miembros de la Asociación Primaria] pero radicalmente abiertas a un Dios que las ha llamado por su nombre, que las ha marcado también, y a quien ustedes han respondido con una particular fidelidad.

Espiritualidad de encarnación. Como decía un amigo mío, obispo, que murió - o como dijo Pablo VI, lo mataron - [Se refiere a Monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, Argentina, cuya causa de canonización está en proceso] “Con un oído pegado a Dios y el otro pegado al pueblo”. Es decir, abiertas a los problemas, a los desafíos, a las cosas que van sucediendo en la historia, en los pueblos. Con el oído abierto como discípulos del Señor. A mí me encanta hablar de esto de ser discípulo. El Señor, en el evangelio de hoy, hablaba con sus discípulos [Camino de Emaús, Lc 24,13-35].

Entonces, espiritualidad de encarnación y espiritualidad de presencia. Estar allí donde se juega la salvación integral de nuestra gente, de nuestro pueblo. Donde se juega la salvación integral, sobre todo, de aque­llos que más lo necesitan. En los distintos ambientes donde les toque actuar, sea la universidad, el trabajo con los campesinos, directamente en investigación y cultura, siempre viviendo la cultura de nuestros pueblos.

Presencia que significa auténtica transparencia mariana, como dijo el san­to Padre [S. Juan Pablo II] en Covadonga. Auténtica transparencia mariana, que significa presencia cotidiana simple, sencilla. ¡Deseo que ustedes lo sean! Yo he conocido a la Institución así, con esa transparencia. La he conocido siempre muy sencilla y muy simple, y por eso me he sentido a gusto. La he conocido profundamente mariana; la he sentido eclesial. Por eso, en fin, quiero tanto a la Institución y, repito, me siento muy bien.

Luego, presencia realmente transformadora, con el ardor del Espíritu que nos hace testigos claros de una nueva evangelización.

Espiritualidad de encarnación, de presencia, de transformación

El Papa nos está llamando a esta nueva evangelización cuya meta es la construcción de la nueva civilización de la solidaridad, de la verdad y del amor. Pablo VI hablaba siempre de la civilización del amor. Juan Pablo II añadió civilización de la verdad. Últimamente, en Fátima, habló de la civilización de la solidaridad, de la verdad y del amor. En definitiva, si uno analiza a fondo qué significa la nueva evangelización y qué significa civilización con todos estos adjetivos o sustantivos, de verdad, justicia, amor, reconciliación, paz, vida, se trata de una civilización de la vida en contra de civilización de muerte.

Sepan, de veras, que tienen que caminar en tres líneas fundamentales: En una espiritualidad muy honda, en una santidad de encarnación muy auténtica y en una linea de eclesialidad, de inserción profunda en la Iglesia.

Pero la Iglesia no a la distancia sino la Iglesia en lo concreto, gusten o no gus­ten las personas con las cuales uno tiene que actuar, sean sacerdotes, sean religiosos, sean otras instituciones de laicos. Vivir la Iglesia, amar la Iglesia. Aquí, en esta casa, [Villa Marini, Poggio Mirteto, Roma, Italia, en 1974] yo preparé mi retiro a Pablo VI y a la Curia, sobre la Iglesia. Arantxa [Aguado] era entonces como una de ustedes, en la Promoción 37. Me ayudaron en la preparación de los esquemas que utilizaría para la predicación del retiro al Papa sobre la Iglesia. Pablo VI amó tanto la Iglesia, cuyo misterio - diríamos - lo abrió a los demás.

Entonces: sean profundamente eclesiales, con esa eclesialidad bien concreta, de inserción, donde estén, en la Iglesia local, particular, en los ambientes donde les toque actuar.

Y como ya dije antes: Qué cada vez resplandezca más en sus actitudes un ambiente de servicio, de fidelidad, de contemplación y de pobreza al estilo de María, la pobre y sencilla, la sierva y la servidora, la contemplativa. Qué su amor a la Virgen no sea simplemente una proclama­ción de palabras, sino que sea una identificación con sus sentimientos: me­terse en su corazón, pobre y contemplativo, fiel. Y, desde ahí, asumir lo que significa: ”Yo soy la servidora del Señor. Qué se haga en mí según tu Palabra'”.

Vivimos aquel 21 de noviembre [de 1990] con gran intensidad. El Decreto está escrito no solamente en un libro; sino que queda escrito en el corazón de todos nosotros, en el compromiso con esta Institución, en el corazón del Papa con quien tuvieron la suerte de compartir al día siguiente la eucaristía (Arantxa Aguado, entonces Directora de la I.T., el Consejo de Gobierno y miembros ACIT) Y queda escrito, sobre todo, en el corazón de Dios, que es fiel. Él es el que lo hará, como dice Pa­blo al terminar su carta a los Tesalonicenses: “Dios llama, Él es fiel, Él lo hará” (1 Ts. 5, 24) Nuestra respuesta está marcada por la fidelidad del Señor, no sólo por la responsabilidad nuestra que, a veces, es frágil.

Aquel 21 de noviembre sentí emoción por el hecho en si; emoción por todo el camino que había hecho silenciosamente con ustedes desde hacía unos cuantos años. De manera que era algo que nos tocaba muy dentro. Además, saber que lo estaba haciendo en nombre y con la autoridad del Papa. No era una cosa mía. Ahora el Señor quiere que estemos vinculados de una manera muy honda, eclesial. En mí encontrarán siempre un pobre obispo, sencillo, que quiere ser siempre sencillo y amigo, que quiere ser servidor: “No he venido para que me sirvan sino para servir y dar la vida” (Mt. 20, 28).

Estoy para todo lo que pueda ayudarles en su camino de santidad, de encarnación, de presencia; en su camino de eclesialidad cada vez más auténtica y de transparencia mariana y de servicio misionero. ¡Es un momento estupendo!.

El camino de Emaús

Una segunda reflexión es sobre el camino de Emaús. A mi me gusta mucho meditar sobre ese camino. Me gusta contar a los demás mis propias reacciones frente a este camino. Camino de desesperanza que se convierte, de pronto, en un camino de esperanza campartida, proclamada. Un camino de desesperanza de aquellos discípulos que van entristecidos - dice el texto de Lucas - y que se van contagiando mutuamente la desesperanza. Después se encuentran con el Señor y corren. El texto dice que volvieron enseguida para contagiar, compartir la esperanza con los otros once que habían quedado en el Cenáculo.

Vean que la Resurrección del Señor es la gran explosión de esperanza, es el fundamento de nuestra esperanza. Sin embargo, los discípulos de Emaús caminaban en la desesperanza. Desesperanza contagiada porque van hablan­do de esas cosas entre los dos con aire entristecido, dice el evangelis­ta.

Una esperanza que se enciende cuando lo reconocieron al partir el pan. Corren a compartir esa esperanza. Yo quisiera que en ustedes haya siempre esa comunicación de esperanza, haya esa proclamación. Ese contagio de esperanza que ciertamente en algunos momentos de la vida puede no darse. Yo suelo pensar: ¡Qué bueno es encontrarnos alguien que nos sepa contagiar, que sepa contagiarnos la esperanza, alguien que encarne a aquel misterioso peregrino que es Cristo!. Alguien que, tal vez sin decir, tal vez sin él saberlo nos vuelve a encender la esperanza. Qué nosotros podamos proclamar y contagiar a los demás.

Cuando uno va por un camino es fácil que si lleva una luz, una antorcha, se le apague. Pero qué bueno si siempre hay alguien a nuestro lado que tenga una cerilla o un fósforo que vuelva a encender esa esperanza que tiende a apagarse. Qué bueno si cada una de ustedes se convierte - no só­lo dentro del grupo en el que están, sino con la gente con la que se encuentren en el camino desanimada y triste, gente de nuestros pueblos, nuestros queridísimos pueblos de América Latina que sufren -, en quien re-enciende no una esperanza pasiva o una resignación, sino la verdadera esperanza: Cristo resucitó, vive y va haciendo camino con nosotros.

El peregrino misterioso

Otra reflexión es la historia de este peregrino misterioso. Subrayo las tres actitudes que tiene: la primera actitud es simplemente la de acercarse. Dice el evangelio que se acercó y ellos se detuvieron entristecidos. Entonces les pregunta qué les pasa. Esta es la primera actitud. Si quieren vivir una espiritualidad profunda de encarnación la primera acti­tud es acercarse, es detenerse, es incorporarse al camino de los demás, ir haciendo el camino con los demás y, a lo mejor, preguntar, hacerles sentir que comprenden que algo está pasando: ¿Qué les pasa?, ¿cuál es el sufrimiento?, ¿cuál el problema?. Digo que no es necesario que pregunten, a veces ni se sabe qué está pasando. El Señor se acercó. Esto es muy importante. El se interesó, preguntó.

La segunda actitud del Señor es iluminar la cruz con la Palabra. Empezó a explicarles las Escrituras, desde Moisés pasando por los Profetas. Era necesario que el Cristo pasara por todo esto para llegar a la gloria. Tenemos que iluminar con la Palabra de Dios nuestro camino y hacer que nuestro pueblo vaya descubriendo también, con la Palabra de Dios, la iluminación para su sendero tan difícil, tan doloroso, a veces. Yo diría que en muchos casos, son ellos mismos los que nos enseñan a comprender al Palabra de Dios, son ellos mismos los que nos evangelizan, son ellos mismos los que nos explican la riqueza de la Palabra desde su pobreza y sencillez.

La tercera actitud de Jesús es quedarse y partir el pan. ¿Les habrá partido el pan?, ¿les habrá celebrado la eucaristía? ... No nos importa. Sólo sabemos que les partió el pan como signo de comprensión, de amistad y de donación; como signo de que les entendía; como signo de que les reafirmaba su amistad; como signo de donación. Es decir, como pan en­tregado: “Este es mi cuerpo entregado por vosotros. Esta es mi sangre derramada ... “

Entonces, ellos le reconocieron al partir el pan. ¿Por qué?. Porque ‘Éste’ fue el que se entregó, el que se dio, el que dejó que rompieran su cuerpo con la lanza y derramaran su última gota de sangre.

Qué bueno es encontrar a alguien que sea amigo y que nos repar­ta el pan; pero qué bueno es también que nosotros nos convirtamos en ami­gos verdaderos, que sepamos partir el pan del encuentro, de la amistad, del servicio. El pan de la comprensión, de la amistad y de la donación total.

A mí me gusta mucho el pasaje de Emaús. Lo llamo el evangelio de la espe­ranza: en su primera­ parte perdida, en su segunda parte encontrada, en su tercera parte comunicada. Es interesante ver cómo se reencuentran las esperanzas.

Ellos volvieron, pero antes de que dijeran nada, los que estaban en el Cenáculo dijeron: “En verdad, resucitó y se apareció a Simón". Recién entonces los dos discípulos contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan. Es el instante en el que las esperanzas se reencuentran: las de los Doce [apóstoles] y las de los dos discípulos.

Reflexiones pronunciadas por el Card. Eduado Pironio,
el 24 de mayo de 1991, en Poggio Mirteto, Roma, Italia. 

 

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